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©LEXATIN

Relato enviado por: Araide



No podía definir el estado en el que me encontraba cuando él dijo que siempre le hacía sentirse mal, que siempre le disgustaba con mi comportamiento y que siempre acababa recordando únicamente lo malo al final del día.

Hubo algo dentro de mí que se rompió de repente, como si millones de cristales rotos se deslizasen a través de mi tubo digestivo para acuchillar mi estómago del mismo modo que ocurriría en una película gore. Nunca me había sentido así de mal. Permanecí con la boca abierta durante un largo rato mientras el hablaba sin parar por el auricular del teléfono, contándome todo aquello que ni en millones de años hubiera podido imaginar.

Siempre había deseado lo mejor para el, e intentaba que siempre estuviera bien..... y fíjate, para nada. Deseaba colgar el teléfono con todas mis fuerzas, pero gracias a Dios no lo hice y terminé estoicamente de escuchar. Solo pronuncié un “hasta luego” antes de colgar y ponerme a llorar. Unas lágrimas gordas y ardientes, dieron paso a ojos hinchados, agua fría, y una pastilla de Lexatín, que hizo el milagro de calmarme y me ayudó a ver las cosas de otro modo.

Aquel día terminó mejor de lo que empezó. Era de esos días en los que la depresión iba llamándome por mi nombre, con una voz metálica y a la vez dulce como el algodón de azúcar desde no se que lugar de mi casa, y al final conseguí darle esquinazo. Odio el azúcar.

Mis pastillas de Lexatín son como los polvos mágicos que utilizan los magos, son como estrellas que surgen de la varita de un brujo concediendo miles de deseos, y que ralentizan mis sentidos haciendo que escuche la voz del mismísimo Dios susurrando bonitas palabras a mi oído, diciéndome que todo está bien, y lo que no lo está puede arreglarse.

Eso hizo que el día fuese diferente al que en un principio iba a ser.

Y me pregunto yo: ¿No podría tranquilizarme yo misma, sin tener que utilizar este sistema? Porque digo yo, luego estoy como gilipollas durante todo el santo día, y vale para un rato, pero no todo el tiempo, que luego cojo el coche y parece que va sobre raíles. Cualquier día tengo un “piñazo” y va a ser Dios quien me reciba, y no para susurrarme bellas palabras precisamente, si no con un tirón de orejas o un cachete de esos que dan los padres cuando te has portado mal y te dejan todos los dedos marcados en la cara, o en otro caso –casi peor-, la policía haciéndome un test de esos que te quitan hasta los puntos de la operación de apendicitis del mes pasado. Vamos, que con solo mirarme a los ojos ni test ni leches.

No, que me da miedo, pero mi Lexatín, guardadito con el resto de medicinas, cerca de los algodones, las tiritas y las pastillas de mi alergia. Son como una trampilla secreta dentro del armario que me conduce a un mundo de relax absoluto durante unas 8 horitas. ¿Qué haría yo sin ellas? Pues caer en manos de esa depresión que anda acechándome por las esquinas y que esta deseando hincarme el diente y llenarme de pegajoso algodón de azúcar. Chapapote rosa.

Y, ¿por qué estoy así?. Bueno tengo problemas como todos tenemos supongo, solo que yo soy muy frágil. Es como poner una tonelada de ladrillos encima de una bicicleta.

Si, tengo problemas de todo tipo, podría tener un desplegable igual que el de los tarjeteros, que cuando los abres caen al menos un metro hacia el suelo, lleno de tarjetas de todo tipo, y de las que al final solo utilizamos las de carburante, esas que siempre pasamos sin darnos cuenta tras repostar gasolina, mecánicamente, y que para obtener un mísero bolígrafo necesitamos 300.000 puntos. Bueno, pues como ese tarjetero es mi lista de problemas: mi vida privada, mi vida con los amigos, mi empleo, la cárcel particular que es mi cuerpo y mi mente, los recuerdos del pasado que atormentan en “surtidas” ocasiones mi cerebro, dejándose deslizar por sus recovecos tal y como utilizan los niños los tubos de Aquopolis. Se divierten, estoy segura, haciéndome nuevamente llorar, y entonces surge ese muro que los para, ese muro que intenta defenderme de ellos, pero que lo aplico a todas las cosas. A demasiadas cosas. Surge a veces sin que malos pensamientos ronden mi cerebro. Surge siempre, y ya no puedo detenerlo. Me protege y a la vez me hace ser mucho más insegura y frágil. Más cobarde.

Mírame, tengo pinta de echar a correr, de esconder mi cabeza como un avestruz ante un peligro inminente y pensar que paso desapercibida. Soy tan tonta y pasmada que hasta Clark Kent en Superman es un superdotado a mi lado. Clark Kent, no Superman naturalmente, que ya sabemos que es bastante superdotado.


Siento miedo de tener miedo, de la soledad y de la muerte ajena.
Me aterra la vida, y para el día a día necesito un flotador que me haga sentirme bien aunque esté rodeada de tiburones hambrientos. No me doy cuenta que mi flotador está lleno de aire y que solo esto me sujeta. Aire. La vida de hoy en día es peligrosa, soez y triste. Me abruma la salida del sol porque me anuncia un nuevo día lleno de peligros.

Recuerdo que hace tiempo era optimista, ahora me he convertido en una optimista con mala experiencia, o sea, una pesimista a palo seco.

Intento buscar las cosas buenas en la gente que me rodea, intento yo misma ser buena, pero me es imposible, quizá sea recíproco. Soy arisca y los demás también lo son conmigo. Me pongo a la defensiva, y soy de las que pienso que todo el mundo es idiota hasta que se demuestra lo contrario. Conmigo hacen lo mismo. Eres idiota y punto.

Me cuesta terriblemente enfadarme, pero cuando lo hago, no puedo parar. No puedo hacerlo. Soy como Hulk pintada de verde. Mi ira es terrible. La apaciguo siempre que puedo pero a veces soy como un volcán anunciando la inminente erupción.

Dios, que puedo hacer si mi Lexatín apacigua el volcán como quien pisa la colilla de un cigarro.....

Que puedo hacer para continuar viviendo?

Acudir al psicólogo, ya, es fácil decirlo, pero muy complicado contar toda mi vida a un señor con las gafas a punto de deslizársele por la nariz y que me otea desde su sofá desgastado moviendo intermitentemente su bolígrafo BIC.

Sales vacía completamente y con otro problema más añadido: ¿No me conocerá este señor y le he contado todos mis problemas con pelos y señales? El caso es que me sonaba de algo su cara….. ¿No me lo encontraré cualquier día de cañas, y se me quedará mirando inquisidoramente?


No vuelvo más.


De modo que me encuentro sola con mis problemas y mi cajita de Lexatín que siempre me llenará de buenos momentos, tranquilos y sosegados......


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©Lexatín es una marca registrada por sus propietarios.

DIA SIN VINO NI ROSAS

Relato enviado por: Delicias de Lola


 Arrastrando mis pies, bajo las hojas húmedas, la fina lluvia calaba mis pensamientos, mi pelo empapado tapaba mi cara, ese rostro con ojeras profundas desde hace algunos meses. Apenas algunos coches cruzaban sus luces entre mis piernas, los charcos brillaban como las bombillas de un musical.

Apostadas en los portales, bajo su maquillaje de horas, las chicas de la montera, chistaban a los clientes que mirando de reojo, coqueteaban con ellas.

Pesadamente subía la calle, mirando los escaparates, sin ver su contenido, solo perdiendo la mirada dentro del cristal, traspasando uno tras otro, engullendo mi vacío en el vidrio salpicado de la lluvia. El olor de las castañas, junto con el carbón, acercaba mi cuerpo al calor de la lumbre.

Sentía frío, llevaba varias horas andando bajo la lluvia, el asfalto soltaba su humedad, escupía salpicaduras a cada paso de los viandantes como una muestra de su molestia.

Compre media docena de castañas, mis guantes mojados sacaban las monedas del bolsillo, con parsimonia, mientras el hombre aguardaba su dinero, seguía removiendo el resto.


Cogí el pequeño paquete y repartí las castañas en mis manos, sentía como el calor llegaba a mis dedos, apenas podía moverlos, jugaba con ellas dentro de los bolsillos del abrigo. Poco a poco se iba abriendo la cáscara dentro del forro, haciendo una mezcla de suciedad, con algún pañuelo de papel, recuerdo de una noche de sonrisas y lagrimas.

El aire soplaba ligero, tibio. Acercaba el cuello de mi abrigo, la solapa acariciaba mi dolorida mejilla, el golpe contra la puerta aunque fortuito, despertó mi letargo… debía de cambiar, dejar de perseguir fantasmas, de revertir mi tristeza, animar mi cuerpo.

El semáforo parpadeaba, esperando a que me decidirá a pasar, era como si o no, si o no, cruzar o no, era decisión fácil o no, la rapidez del parpadeo hacia que mi corazón latiera más rápido, decidir cruzar o no, esa simple elección, me obligaba a pensar rápido, pensaba, pensaba.

Puse el pie en la calzada seguía insistiendo aquel maldito semáforo; mis pasos comenzaron a acelerarse, sin correr pero con la prisa de una mañana de trabajo.

Atravesé la calle. El taxista que esperaba al otro lado dentro del coche, me miro. Su rostro gris, apagado con el palillo torcido dentro de una media sonrisa, dejaba ver una barba de varios días…

Ya al otro lado de la calle, gire sobre mis zapatillas mojadas con un ruido de plástico estridente, la luz del semáforo estaba fijo, quieta con su rojo intenso, los coches pasaban despacio, la ciudad se movía perezosa.

La lluvia empezaba de nuevo a caer, fina, sin ruido, comenzaba a llenar de nuevos los charcos. Bajo el edificio de Telefónica, con las pantallas llenas de publicidad fluorescente, mi cuerpo parecía el de un payaso llorón, en medio de un escenario sin público, sin tener espectadores para esperar un aplauso o una carcajada. Un artista con escenario pero sin patio de butacas.

Aquella sensación de soledad, se extendía por todo mi mundo, viendo sin ver, sintiendo por obligación. La vida debía de empezar de nuevo, ¿por dónde? Quizás por mi autoestima.
Los vagabundos que encontraba por mi camino, retorcían aun más mi sensación de arrepentirme de sentirme como un perro desvalido. Sus rostros pesados, extenúes, mirando la vida pasar. Las náuseas venían de nuevo a mi estomago.

Conseguí llegar a una esquina medio oculta, apreté mi espalda contra la pared, abrí mi abrigo y acogí el frío como una puñalada. Los gritos de una ventana cercana sonaban a pelea de años atrás, donde sin entender la conversación solo escuchaba chillidos voces distintas, ruidos de platos…

Por un momento, el brillo de la luz de la farola, dibujó en mis ojos un destello de soberbia, de rabia contenida. Las lágrimas rompían mi cara, caían frías, rodando y cayendo al suelo. Agache mi cuerpo hacia adelante, apretando los dientes, sin dejar de sentir furia.

Salí corriendo de aquel submundo gris, escondido de todo, reventaba los charcos con fuerza, aplastaba el suelo con la misma rabia que apretaba mis manos al correr calle abajo, esquivando los cubos de basura que iba dejando el camión delante de mí. Ni si quiera me pare a escuchar el piropo absurdo del barrendero de turno, solo extendí mi mano y levantado mi dedo mostré mi desacuerdo con sus palabras.

Intentaba inventar un color mientras corría, dejar ese negro sucio del suelo, pisar un color transparente, limpio, nuevo solo para mí. Apenas sin aliento, con la boca abierta, pare de correr, mi pecho se movía rápido, no era un maratón pero había corrido como si esperase ver la meta al torcer cada esquina.

Llegue frente al edificio de correos, aun con sus andamios. Las escaleras estaban limpias, me senté con la cabeza y las manos ardiendo.

Los búhos se iban llenando poco a poco, de curritos con ganas de llegar a casa y chavales que apuraban el sorbo del mini. Allí estaba, mirándolos, viendo pasar su tiempo y también el mío.

El reloj del Banco de España, anunciaba el despertar de la ciudad, los primeros colores amarillos y naranjas se abrían paso entre el negro plomizo, las nubes grises se desmembraban poco a poco.

El cielo conseguía desperezarse, dejar atrás una noche de lluvia; y yo con el rostro cansado y el cuerpo erguido caminaba hacia casa, soltando melancolía, rompiendo mi prisión de rencor.



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NACIMIENTO de una ASESINA

Relato enviado por: Tati


Volviendo sobre mis propios pasos y pisando cuidadosamente cada huella que anteriormente había dejado, me sequé la frente del sudor frío que la recorría.

Esta vez los zapatos dos tallas mayores a mi número y de género masculino se quedaban pegados a consecuencia de la sangre que había estado pisoteando sin ningún cuidado, además, me hacían caminar torpemente.

Al llegar al pedrusco me detuve, encendí un cigarro y le dí una profunda calada.

Tuve el cuidado de no dejar la colilla a la mano de cualquier investigador con aspiraciones que pretendiera atraparme o descubrirme, se lo estaba poniendo difícil y sólo era mi segunda víctima.

Además, la primera fue, cómo lo explicaría, casual.
La sensación de poder era absoluta. Quería jugar.

Sin saber cómo, mientras me regodeaba de mi reconfortante hazaña en aquel pedrusco, mi querido atacado como si del mismo Ave Fénix se tratara, resurgió de sus cenizas para pasar a ser atacante. Me encantó, no esperaba menos de él, sino no lo habría elegido.

Le dejé aproximarse (más bien le dejé arrastrarse) mientras me tiraba pequeñas piedras. Cuando lo tuve lo suficientemente cerca, mi cuchillo especial pasó a ser parte integrante de su cuerpo y paró su corazón de un golpe seco.

Me cabreó, no quería que aquello acabara tan pronto. La próxima vez tendré más cuidadito.




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UN VIAJE A NINGUNA PARTE

Relato enviado por: Araide


No quiero escribir. Es más, no me apetece escribir nada.

No existe nada que me impulse a hacerlo, salvo la hoja en blanco que me mira a través de la pantalla del ordenador como implorándome unos párrafos, unas frases, algo que la pueda hacer tener vida. Algo que incluso la haga cambiar ese aspecto mortecino, blanco, brillante, que tiene, con su boca enfadada, mirando hacia abajo igual que la de un muñeco de ventrílocuo.

Siempre me han dado miedo esos muñecos, con grandes ojos de color azul llenos de enormes pestañas pintadas, fijos en nada e intentando asemejar diversión, con ese color de piel marrón brillante y esa boca de madera partida verticalmente que solo dice palabras que no son suyas.
No, no hay nada que surja en mi cerebro como para poder complacerla. No tengo la mente tan sosegada y libre, para que mis dedos se deslicen rápidamente sobre el teclado y que pueda hacer bailar a esta hoja en blanco. No. Mis pensamientos son negros, agitados y peligrosos, tanto, que hasta a mí mismo me asusta poder plasmarlos en una hoja que, piadosa, deja que la viole con mis punzantes palabras.

Siento como palpita mi corazón, como intentando salir a través de mis costillas.

No, no puedo. Mis dedos están inertes y no consigo hacer que la musa venga a visitarme. La desprecié hace tiempo, y mi mente tiene peligrosos recovecos. ¿Para qué quieren que escriba? Quizá alguien les ha dicho que antes lo hacía...... ¿Para tenerme entretenido? ¿Qué esperan de mí?

No consigo concentrarme con esta maraña de pegajoso chapapote que son mis ideas, ni dejar un resquicio de luz, como la que las almas ven y les impulsa a seguir a través del túnel en un último viaje. Es prácticamente imposible. No, no debo dejar que surjan, es más, no debo dejarme convencer por esta hoja en blanco, que me susurra versos y frases para darle un significado a su corta existencia con una voz tenue y casi imperceptible. No sabe lo que hace.

Sé que siempre estará ahí, para mí, para todos, cuando yo quiera, pero no debo aprovecharme, aunque siempre surgirán una tras otra; iguales y a la vez tan diferentes. Me siento importante. Me dejan escribir. Hubo un tiempo en que podía escribir.
Hoy ha llovido. Sé que esto me trae recuerdos de viajes lejanos que no consigo recordar del todo, pero el olor a lluvia me acerca esos pensamientos que rozan mis sienes como leves alas de mariposa.

Hace mucho tiempo que he dejado sucumbir mis ideas al devenir de los tiempos, al día a día que hace que como un chorro de agua sin control pierda un poco más mi consciencia y vuelva al mundo de los locos como en un profundo sopor. Derrotado.

Viajes lejanos, paisajes bellos, personas encantadoras y a la vez falsas, odiosas y absurdas como una marioneta sin hilos.

Ayer cantó un pájaro muy cerca de mi cama. Era un jilguero.

A través de los barrotes veo los árboles moviéndose con la brisa del viento. Ondeando. Creo que son cipreses. Puedo estar horas contemplándolos. Parece que susurran cotilleos de la gente de diversos lugares, y que con el aire se propagan por boca de los árboles. Casi llego a entenderlos y me sonrío con tonterías que se cuentan de personas que ni siquiera conozco, dejando caer de vez en cuando alguna de sus hojas, solo para distraerme.

 Hace tanto frío aquí que me castañetean los dientes. Creo que me van a oír y no les va a gustar nada de nada. El castañeteo de mis dientes me da dolor de cabeza.

Odio las pastillas que me transportan a lugares indefinidos. Lugares llenos de hierba sin cortar y olor a caramelo. Lugares donde se oyen ruidos de violines y rosas cortadas. No hay nubes, ni sol, ni luna, ni estrellas. No sé que color es el cielo, y tampoco hay gente. Todo está vacío, me miro los pies, las piernas, las manos, y compruebo que si hay alguien allí. Yo mismo. Nadie me mira, y eso me gusta. Puedo correr, saltar, bailar –me da vergüenza-, gritar, dar volteretas como cuando era pequeño y giraba encima de mi cama antes de irme a dormir. Puedo hacer cantidad de cosas que ahora no me atrevo ni a imaginar.

Odio ese lugar que me devuelve de un manotazo a la realidad. Cruda. Cruda realidad de mí mismo.


A veces me veo como una habitación con vistas al mar. Solo soy eso. Una habitación con vistas al mar. No se valora la habitación, solo la vista.

Tengo algunas frases buenas que a la gente le gusta oír, pero no las recuerdo.

Hoy he estado llorando. Algunos días tengo algo de lucidez y recuerdo mi vida pasada. No sé por que lo hago, porque siempre acabo con los ojos rojos e hinchados. Necesito agua fría y ando escondiéndome.

Lloro porque recuerdo un poco mi vida pasada. Aquello que viví años atrás. No recuerdo el tiempo ni el lugar. Esto me evade por unos instantes de mi realidad actual y es como si me fuese de viaje durante un largo rato, sin equipaje, sin dinero, sin coche, sin preocupaciones. Lejos de este horrible lugar.

Duele, pero me reconforta saber que no siempre he sido así.

Mi vida........ si, la recuerdo como pinceladas sueltas..... en una hermosa familia. Me querían. Había besos, regalos, amor, unidad, y sobre todo tranquilidad. Una paz inmensa y sin ningún problema. Ahora estoy tremendamente preocupado y ansioso. Siempre, un día detrás de otro, uno tras otro, y más allá. Año tras año...... no hay fin, ni luz al final del túnel. No para mí. Tengo el corazón en un puño, por nada y por casi todo. Me tiemblan las manos.

Los demás sienten y piensan a veces, yo siento y pienso siempre.

Ahora pertenezco a un mundo sin sentido, a un mundo que no existe, al mundo de los locos, y quizá sea mejor así. Miro sin ver y hablo sin decir. Solo escribo cosas, que ni tú mismo entiendes, y además, no recuerdo haberlo hecho. No se como he llegado aquí, a este lugar de batas blancas, pero mi mente hizo un viaje una vez, sin retorno, y este es el final de trayecto. Nunca sabré dónde se dirigía, y los escasos recuerdos del pasado se distorsionan como la propia imagen en el espejo del agua.


Mirar atrás me asusta y mirar hacia delante me espanta. No tengo futuro y ahora que mi memoria se va perdiendo, en breve no tendré pasado.

Solo me quedan los árboles, y ellos contarán uno tras otro, hasta lugares lejanos, todo lo que está en mi mente cuando yo ya no esté, y si alguien los escucha, lo tomarán por loco.


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MADRE TIERRA

Relato enviado por: Luna Negra


Llevaba horas caminando por el bosque. Ya no sentía los pies y tenia entumecidos los brazos. El estómago empezaba a gritar requiriendo su porción alimenticia diaria y se arrepintió de no haber desayunado. El sol le cegaba y las gotas de sudor resbalaban por sus parpados provocandole un escozor bastante incomodo en los ojos. Se hubiera quitado la chaqueta pero no quería cargar con ella el resto del camino; sentía sus axilas empapadas y todo su cuerpo pegajoso. Siguió andando.



La llegada del atardecer le alivió el calor y la ceguera pero le prometió una nueva amenaza: la noche. No había comido, estaba cansado y aun no sabía donde se encontraba. El sol se ocultaba muy rapidamente y pensó que lo mejor sería buscar un sitio donde refugiarse cuando aun podía vislumbrar el camino. Oteó a su alrededor y solo encontró arboles. Ni peñascos ni cuevas ni rincones donde guarecerse, solo árboles. ¿Eso es un bulto?. Se acercó, lentamente sin hacer ruido. Casi con el tacto, descubrió un gran tronco hueco tumbado en el suelo. No lo pensó dos veces, se agachó y se metíó como pudo, intentó acomodarse y vio como los ultimos rayos del sol se escondían detras de las montañas, dando paso al atronador silencio de la noche cerrada. Buscando la luna, se quedó profundamente dormido.
......
Flotaba en una nube. Una nube esponjosa y fresca. Acojedora y mullida, le envolvía suavemente y le transportaba lentamente a su destino. Sintío frío y se acurrucó aun más para ver salir el sol. Algo caliente y suave se acercó a su espalda. De pronto estaba en su cama y una gran manta de piel rodeaba su cuerpo haciendole sentir caliente y comodo. Extendió su mano para sentir la calidez de aquel abrigo y volvió a caer en el sopor.
......

Una suave brisa lo despertó. Abrió un ojo y vió la hierba. Tomo consciencia de su situación y volvió a cerrarlo. No quería despertar a su pesadilla de la realidad, prefirió seguir un momento más abrazado a aquel abrigo de piel, sentir su calor y su comfort un rato más. Lo acarició suavemente y una pregunta estupida se cruzó en su mente: ¿Y este abrigo?, yo solo llevaba una sudadera... El abrigo respiró. Bostezó.
Giró la cabeza lo suficiente para encontrarse con un pequeño hocico húmedo junto a su nariz. Se olierón. De un respingo, cayó fuera del tronco hueco donde había pasado la noche. El zorro, aun más asustado que él, se deslizó por el tronco hasta alcanzar la otra entrada. Desapareció entre la maleza tan rapido, que aun no había tenido tiempo de asimilar lo sucedido. Se puso en pie con la rapidez que le permitió su cuerpo maltrecho y continuó con su camino.
Ahora ya no pensaba en como volver a casa. Caminaba sin rumbo sin poder apartar de su mente aquella extraña experiencia. No podía creerse que aquel zorro y él mismo, hubieran compartido cama sin ser conscientes de la situación. Recordaba la sensación de seguridad que experimento en sus sueños, el calor, el tacto de su pelo.

Pisó un charco y levantó la vista... Su mundo se tambaleó ante aquella visión.

Ese bosque tan espeso por el que caminó durante día y medio de pronto se abrió, dando paso a un hermoso paraje digno de un cuento de hadas. Un gran lago se extendía hasta la base de las montañas. Entre los arboles, cientos de animales se acercaban a beber sin percatarse de su presencia. Los ciervos junto a los lobos y los zorros, pajaros, peces, renos, todos conviviendo en perfecta armonía como despues de firmada una tregua. Aquel debía ser el eden de los gnomos. Se fijó en la vegetación; flores de mil colores inundaron su visión. Arboles gigantescos se elevaban hacia el sol dejando sus frutos a la vista de los mas bajos. Frutos que le recordaron a su estómago que llevaba más de 48 horas sin comer. Aun con la boca abierta por la sorpresa y sin palabras para describir sus sensaciones, recogió algunas manzanas y ciruelas y se sentó bajo la sombra de un gran chopo a descansar y alimentarse.

Después de una corta siesta, decidió que no caminaría más ese día; su cuerpo y su mente necesitaban un descanso y qué mejor lugar que aquel paraje de ensueño. Solo acertaba a preguntarse cómo, despues de pasar toda una vida en aquella región, no había sabido nunca de la existencia de aquel lugar paradisíaco. Se desnudó y se zambulló en las aguas cristalinas junto al resto de animales sin que éstos siquiera se inmutaran. Lavó su ropa y la extendió en una explanada soleada. Y así, tal como Dios le trajo al mundo, se fundió en un abrazo con la Madre Tierra; un abrazo tan intenso que, por primera vez en su vida, entendió aquella forma de llamar al planeta: MADRE.
......
Había perdido la noción del tiempo. Un día de descanso llevó a otro de contemplación y después vino la meditación. Convivía con los animales, la tierra y las plantas en una auténtica armonía. Apenas pescaba o cazaba alguna presa pequeña, la mayor parte del tiempo se alimentaba de frutas y verduras salvajes que su MADRE TIERRA le ofrecía gustosa. Encontró una cueva semi-oculta entre la maleza que le servía de cobijo en las noches lluviosas. Apenas si recordaba las largas duchas calientes, los platos de gourmet o sus almohadas de plumas. Por primera vez en su vida, se sentía realmente libre. Por primera vez en su vida, se sentía realmente pleno.
Una mañana se levantó con una sensación de vacío. Sorprendido ante aquella novedad, por primera vez desde aquel día en que encontró aquel paraiso, echó en falta una buena conversación y el calor de otro ser humano. De pronto se sintió solo. Y, por fin, decidió ponerse en marcha en su viaje de regreso a la "civilización".
Estaba recogiendo algunos frutos para el viaje cuando algo llamó su atención unos metros más adelante. Una muchacha miraba hacia el lago con la boca desencajada por la sorpresa. Cuando vió su cara, recordó las sensaciones que invadieron su alma cuando llegó a aquel lugar. Los ojos de aquella mujer reflejaban los sentimientos que, durante aquel tiempo, había estado deseando compartir y comprendió en una fracción de segundo que, una vez más, su querida MADRE TIERRA le había obsequiado el mejor de los regalos: una compañera.
Olvidó porqué estaba recogiendo su ropa y olvidó, una vez más, porqué había llegado hasta alli. Se acercó a la chica y le ofreció las frutas que estaba recogiendo junto con la mejor de sus sonrisas.



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